“Yo estoy terminando mis estudios en julio del 202… y de ahí, haré una especialización en …” , , “En diciembre debo estar recuperando mi inversión y con eso…”, “No tendré hijos hasta después de los 35 cuando ya haya logrado…” .Frases como estas las escuchamos o decimos frecuentemente y la lista puede seguir y seguir como si los planes y estrategias de las cosas que nos proponemos hacer en nuestras vidas discurrieran en autopistas perfectamente pavimentadas, libres de contaminación, congestiones de tráfico y a prueba de accidentes ¡Cuánta energía mental invertida en el escenario ideal de lo que queremos lograr!, y cuánta más en la inevitable decepción cuando la realidad choca con lo que planificaste con tanto tiempo y dedicación.
Y si tu “planificación estratégica” incluye también a una segunda, tercera o décima persona, el impacto se multiplica por 3 o por 10: A mayor número de personas involucradas, mayor potencial de decepción almacenado. Algo así como caminar sobre terreno minado, creyendo que discurres por una autopista a prueba de eventos inesperados.

Ojo, lo que quiero decir no es que tus estrategias y planificación no funcionen, sino que existe también una variable que muchas veces no incluyes en la ecuación: TUS EXPECTATIVAS. Estas tienen que ver con lo que diste por sentado, lo que era verdad para ti y asumiste verdad para todos, lo que por racional y lógico no podía ser de otra manera, etc. Y si a esto le sumaste pensamientos positivos, esperanza, auto programación mental para “manifestar”, fe de todo tipo (en Diosito y hasta en los chamanes más fumados, sin dejar de lado recomendaciones de astrólogos, alineadores de chakras, tarotistas, coaches), los niveles de frustración y desánimo pueden ser impredecibles.
Son TUS EXPECTATIVAS y su DISTANCIA DE LA REALIDAD, lo que también tendrías que evaluar y ajustar cuando decides emprender un proyecto o tomar una decisión. El problema es que esto no se aprende directamente de un manual o llevando cursos en algún centro académico convencional. Para observarlas, ajustarlas o cambiarlas (como lo harías con cualquier otra variable de tu planificación), se requiere paciencia, disposición y sobre todo aceptar la incertidumbre, la crisis o el caos como una posibilidad en tu vida.


¿De dónde nacen, crecen y se reproducen TUS EXPECTATIVAS?
¡Uy! Aquí sí que entramos en terreno complicado, pero vamos nomás…
- Tus expectativas se van gestando desde las primeras influencias de los adultos cercanos con los que creciste y que fueron tus modelos, para bien o para mal, de lo que había o no había que hacer en la vida. ¿Te suena familiar frases como “Querer es poder” “La esperanza es lo último que se pierde” “Hay que tener fe” “Todo va a estar bien” “La familia debe estar siempre unida”? Estas frases pueden ser alentadoras y valiosas en términos generales, pero no siempre pueden ser aplicadas para todo y con todos. Ejemplo: Si emprendes un negocio y te asocias con familiares o amigos que no están a la altura del reto, de nada sirve mantenerlos en él o creer que por existir un vínculo consanguíneo o afectivo, tienes que ponerle más comprensión, flexibilidad u optimismo para lograr la meta deseada.
- La “ayuda” que brindas a familiares o amigos que están viviendo respetables dramas personales, inevitablemente, llevan endosadas buenas dosis de expectativas por tu parte. De hecho, muchas veces decides ayudar a alguien, esperando que “salga de su situación difícil” o pensando “No puedo negarme porque es mi…” o “Espero que con esto aprenda la lección y cambie”. Todas estas son justificaciones lógicas que pueden estar enmascarando una realidad muy distinta de la que tú esperas cuando realizas tus nobles y generosos gestos. La cruda y triste realidad del “ayudado” podría volver a incomodarte, decepcionarte, y hasta encolerizarte. Muchas veces, el fastidio tiene que ver más con lo que tú esperabas que hiciera o no hiciera el otro, que con lo que es, no es o seguirá siendo ese otro y su dramática realidad.

Esto no quiere decir que no hay que ayudar o ser solidario en determinadas situaciones, es más bien un asunto de desarrollar una perspicacia preventiva que te permita considerar, antes de actuar, la posibilidad siempre presente de que el problema en cuestión no solo no se resuelva con tu ayuda, sino que empeore o refuerce los defectos del “ayudado”.
Y, por último, pero no menos importante:
3. Tus expectativas se retroalimentan con tus creencias sobre el éxito, el amor, la familia, la maternidad/paternidad, la profesión, el emprendimiento X, en fin, un sin número de formatos que alguien pensó, antes que tú, sobre lo que debes pensar, sentir o lograr en tu vida.
Junto con las “tierras prometidas” de estos formatos, y casi sin darte cuenta, van adheridas también tus expectativas (ilusiones). Ninguno de estos ideales de éxito te advierte que debes tener en cuenta la opción “Tus expectativas pueden estar muy lejos de la realidad”, “El otro puede fallar” o “Tú puedes fallar”.
Todo esto, claro, no solo no se registra, sino que mucho menos se cuantifica o reajusta. Lo descubres cuando la realidad muestra su inesperada y desagradable verdad. Y para entonces, ya es tarde para tomar medidas.

Entonces tu mente lógica dice: “Pero es que nunca pensé que esto ocurriría” “¿Quién se iba a imaginar que…?” “Lo último que esperé de él/ella es que me hiciera esto”
La vida es un continuo de fuerzas a favor y en contra de la corriente que elijas seguir. Existen miles de factores que tienen que darse y confluir para que lo que te propones hacer se haga realidad. Lo que piensas que ocurre porque “hiciste las cosas bien”, es en realidad un milagro de convergencia de factores controlables y no controlables. El azar y el caos existen y estás inmerso en ellos, así como también en la magia y trascendencia de tu condición humana, limitada, pero que está destinada a evolucionar.
La autosuficiencia mal entendida, sea doméstica o intelectual, podría hacer que des por sentado que todo lo que planificas con orden y dedicación saldrá como esperas. Así, dejas de valorar y dimensionar lo que ya se ha dado y se sigue dando en tu vida, no porque “así tiene que ser” , sino porque hay fuerzas en equilibrio que concurrieron oportunamente y que las sostienen hasta hoy. Del otro lado, si lo esperado o planificado no salió “bien” o salió “muy mal”, podrías hundirte en la desvalorización y el desánimo, y llegar a sentirte dolorosamente deprimido. Ninguno de los dos extremos es real. Lo que sí lo es , es que tienes un período de vida muy breve y lo que más importa es discurrir ese tiempo con apertura , flexibilidad y siendo cada vez más consciente de que tus expectativas no son la realidad, pero las puedes siempre ajustar, reconsiderar o descartar, recordando que la incertidumbre y el caos son inherentes a tu existencia

