¿CUÁNDO LLEGARÁ EL DÍA DE MI SUERTE ?

¿Te ha pasado alguna vez que vas caminando por la calle y de pronto tus ojos se detienen en un billete de 10, 20 o… más soles? El billetito está ahí, descansando tranquilito sobre la vereda, y luego del inevitable ¡Oh… allí hay plata! miras alrededor y no ves un alma o solo algunos mortales circulando a lo lejos.  ¿Y te ha pasado, claro, que luego de volver a mirar y no ver a ningún posible dueño, te agachas discreta (o rápidamente) y lo recoges agradeciendo a Diosito,   a tus angelitos protectores o a quien quieras atribuirle   tu buena suerte . y te vas feliz y rapidito tratando de alejarte del lugar?

Me pasó alguna vez, y fue como experimentar lo que se llama un golpe de suerte, y me fui feliz y gasté la platita como mejor pude.  Esta es una experiencia simpática, pero con el transcurrir del tiempo me di cuenta de que no siempre lo que tus ojos encuentran en un ambiente solitario es para ti. Y claro, hay situaciones y situaciones, pero muchas veces estas se presentan como espejismos de “buena suerte” para probar si realmente eres lo que crees que eres, lo que dices que eres o lo que parece que eres.

Me explico:

CASO 1: El monedero, billetera, medallita o arito de oro, plata o… ¡fantasía!  que encuentras en un baño solitario  de un teatro,  cine, o centro de estudios ,  y en un rápido pensamiento dices: Uy, esto se le olvidó  a alguien… pero  ya se fue , entonces no creo que haya problema si… y  ¡zas! la platita o la joyita va de frente  a tu cartera o bolsillo . Sales del baño con aire dignísimo de “No sabe, no opina” y dispuesto a mantener silencio absoluto si alguien en tu camino te preguntara sobre el objeto precioso, porque como ya te lo birlaste, sería terrible evidenciarlo porque entonces quedarías mal, muy mal.

Y te vas pensando que fue tu suerte, que tú no tienes la culpa de que a otro se le haya olvidado esa prenda. Que además, cuando salías, nadie te preguntó nada, que esa joyita/platita era para ti.

aro 2

 

 

Pues te digo que NO. Porque en este caso, el objeto del deseo pertenece a alguien que muy probablemente vuelva a preguntar por él o a buscarlo. Y que al descubrir que alguien lo llevó,  sentirá el dolor de la pérdida  y eso abrirá una brecha en un plano invisible en el que el fastidio, la tristeza y la frustración de esa persona (la dueña) van directamente dirigidos a TI, aunque no te conozca ni la conozcas. Porque las vibraciones de energía que emite nuestro cerebro y corazón no tienen DNI, número de celular, ni correo electrónico. Simplemente existen y viajan más allá del tiempo y el espacio: Física pura.

 Me dirás que no había nadie cuando lo encontraste, pero no era un lugar abierto, era un espacio al que concurren personas habitualmente, y de seguro había también una recepción o caseta de seguridad donde podrías haber entregado el objeto por si su dueño venía a reclamarlo. Era lo correcto por hacer ¿O acaso no hubieras regresado a preguntar si el objeto perdido fuese tuyo?  ¿O si tenía, más allá del valor monetario, un valor sentimental;  si el objeto era prestado, o si simplemente, el dinero encontrado era para pagar una deuda o para alimentarte a ti  y a otros que dependen de ti los siguientes días?

Entonces tu suerte, no puede ser a la vez, la desgracia de otros.

Tampoco ayuda el argumento de que si hubieras entregado el objeto a alguien encargado, este se lo hubiera igual apropiado, porque esa es una simple suposición optimista para justificar tu acción, ya que la probabilidad de que ocurra una cosa o la otra es solo del 50% .

Te cuento esto porque, hace muchos años, tuve una experiencia que transformó mi vida.

Eran años difíciles de la década de los 80s, cuando el Perú atravesaba una gran crisis económica. Yo vivía en una provincia de la costa, mis ingresos eran muy escasos y tenía que mantenerme y mantener a mi hijo, que en aquel entonces tenía 4 años. Él tenía un problema de alergia que había comprometido sus tímpanos y podía ocasionarle un serio problema de sordera si no era intervenido quirúrgicamente. Luego de realizar todos los esfuerzos, logré conseguir un médico especialista que muy generosamente ofreció realizar la operación a mitad de precio. Para ello, debíamos viajar a Lima y realizar el pago en su consultorio un día antes. La mañana del viaje salimos muy temprano y llegamos, primero, a un centro médico cercano para recoger unas pruebas previas necesarias para la operación.

sordera

 

Utilizamos los servicios y entre tanto ajetreo de bolsas y maletines, me distraje mientras cambiaba de ropa a mi niño. Luego salimos del baño olvidando mi billetera con todo el dinero para la operación y para nuestros gastos de estadía y alimentación.

Al salir del centro médico, tomamos un bus y al momento de pagar el pasaje, recién noté la ausencia del monedero. Fue terrible, un escalofrío recorrió mi columna vertebral y me sentí tan impactada que solo atiné a decirle al cobrador que me disculpara, que no tenía mi monedero y que bajaríamos inmediatamente. Y así fue. Bajamos en una avenida amplia, que por suerte conocía, pero el microbús ya tenía por lo menos 10   a 15 minutos de recorrido. Entonces a lo único que atiné fue a contarle a mi hijito lo sucedido, y recuerdo perfectamente que él, mirándome a los ojos me dijo: “Volvamos mami, volvamos, allá en el centro médico debe estar”. Yo lo miré y abrazándolo le dije que sí, que volveríamos; aunque en el fondo temía que fuera en vano. Pero tampoco teníamos alternativa: Yo no tenía un centavo en el bolsillo, nada para alimentarnos, nada para pagar la operación, en fin… Solo quedaba tener fe y caminar… Y caminamos dos largas horas, descansando de rato en rato porque era mediodía y el sol abrasaba fuerte.

SUERTE 2

 

Y llegamos al centro médico, y quizás en ese momento, como en este, no tenga palabras para describir el inmenso alivio que sentí cuando un señor en la recepción (del que al entrar la primera vez no había notado siquiera su presencia) me dijo: “Señora esta debe ser su billetera: Un señor la encontró luego de que usted salió, y estuvo buscando y buscando, pero nadie decía ser el dueño. Finalmente, la dejo aquí por si alguien la reclamaba “.

Esa tarde, sentados frente a frente en la mesa de un restaurante, mi hijo y yo bendecimos a ese señor anónimo que tuvo la grandeza de devolver mi billetera;  y junto con ella, la operación para evitar la sordera de mi hijo, nuestros alimentos y cobijo de esos días en Lima y, sobretodo, nuestra fe y esperanzas.

Ese día, mi hijito y yo reafirmamos lo importante que es no apropiarse de nada que encontremos en un lugar donde puede haber un dueño;  de recordar siempre que las cosas tienen un valor para el que las posee y que jamás podremos dimensionar esto con exactitud,  aunque aparentemente solo sea una suma X de dinero o un simple objeto.

Ese señor anónimo recibió , y aún recibe,  las bendiciones nuestras cada vez que recordamos este episodio trascendente de nuestras vidas.

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CASO 2: El siempre bienvenido “Vuelto de más” . Este puede llegar a ti en el mostrador de cualquier bodeguita o tienda, de las manos de un vendedor ambulante o en la caja de cualquier supermercado. Aquí, la cosa es más evidente y la decisión, inmediata. Si lo notas en el momento, tu reacción puede ser irte rápido para que el vendedor “no se dé cuenta”,  mientras te justificas pensando: “Ah pues, él se equivocó ¡Piña! No es mi culpa”. Pero… ¿qué pasaría si el asunto ocurre al revés?   ¿Si es a ti a quien te dan el vuelto de menos?  ¿No regresarías a reclamar hasta que te lo devuelvan?  ¿Cuál es la diferencia entonces?  ¿Que ellos están detrás de un mostrador y no pueden dejar el negocio y salir corriendo a reclamarte el dinero? ¿Que tú sí puedes volver y reclamar hasta el cansancio porque te asiste la verdad y las matemáticas?  ¡Valiente ventaja !

¿No te suena esto al viejo dicho: “Lo ancho para mi y lo angosto para otros” (“Ley del embudo”)?

 Pues estos “embuditos” también quedan registrados en algún plano invisible, que pronto invertirá el sentido del coladorcito,  en el lugar y la forma que menos te imaginas.

Este caso tiene una variante en los pesos y etiquetados de balanzas de algunos supermercados. Me ocurrió alguna vez que el jovencito que atendía en la sección de panadería de un conocido supermercado, se equivocó al colocar el código del pan, y el precio final resultaba ser tres veces menor al del que yo estaba llevando. Me di cuenta luego de dar unos pasos y decidí volver y decirle al joven del error. Este, un poco avergonzado, hizo la rectificación y luego me dijo: “Señora, muchas gracias. Yo estaba hoy a prueba y ya me había equivocado con otros códigos. Esta era mi última oportunidad y si fallaba otra vez no iba a conseguir el trabajo que tanto necesito. Gracias por regresar”.

pan

Entonces, no siempre es el supermercado el que pierde si te dan un precio menor. Es lo justo por lo justo. En especial, cuando en tus manos está no inclinar la balanza con un peso falso. Así funciona.

CASO 3: El inofensivo exceso del papel higiénico. Ese que te enrollas y enrollas en la mano al entrar en los baños de ciertos establecimientos, pensando que tal vez te puedes ahorrar un poco la compra de la semana y que… ¡ en fin, solo es papel higiénico!  Pero en realidad lo que estás significando es:   “A mí me corresponde más porque llegué primero”, “Tú , Institución, tienes más plata que yo, por lo tanto me tienes que ahorrar un poco lo que yo gasto viniendo aquí “ o “Yo no sé compartir”.

Todo esto, como que no suena muy balanceado ¿no?

 Si actúas así, otra vez estás generando el desequilibrio; ese que pasado un tiempito se restablecerá , y no necesariamente faltándote papel higiénico en casa o en un sitio público, sino tal vez bajo otras formas de compensación no muy limpias.

sumas y restas

 

No todo lo que brilla es oro, no todo lo que encuentras en un ambiente solitario es para ti. No todo lo que abunda te corresponde por llegar primero o por ser más rápido o veloz (léase “más vivo”). En la vida hay otros códigos, y las sumas y restas se dan también en niveles cuyo lenguaje puede que no lleguemos a entender.

Todo está conectado. Todo desequilibrio se restablece. Toda acción genera una reacción y toda causa, tiene su efecto.

La sustracción ilícita tiene una prima hermana: La apropiación auto justificada, que aunque es más discreta, no deja de ser por eso de la misma especie y de andar por ahí creando desequilibrios a los que llama “su buena suerte”.

Cosa muy distinta es cuando tu buena suerte viene libre, sin cuentas por pagar ni posible dueño.

Pero de eso, ya hablaremos luego…

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