¿POR QUÉ A MÍ?

Siento que, por más que intento hacer las cosas bien, siempre ocurre algo que me recuerda que hay algo que no tuve en cuenta, que no entendí, que no alcancé a imaginar, que no esperaba… que, en pocas palabra, no termino de entender. Mis buenas intenciones, no bastaron, o peor aún, fueron mal interpretadas, comprendidas, recibidas y menos aún valoradas.

¿Te recuerda esto alguno de tus diálogos internos? ¿O quizás alguna noche o día medio gris o medio negro? Esos momentos u horas en los que solo hay un desierto frente a ti ¿o un sendero largo, interminable y solitario de afectos y compañía auténtica de otro?

¡¡CUIDADO!!

Estas son las luces ámbar del semáforo que pueden estar alertándote de estar transitando la febril idea de que eres incomprendido, injustamente tratado por casi todos los seres que sientes querer (necesitar), que no haces las cosas suficientemente bien (como otros), que no tienes la suerte de otros, que no vales lo  que valen otros, porque no eres tan inteligente, hábil, talentoso, como otros. Abismos como la autocompasión o la culpa; precipicios de desvalorización y victimismo, niebla de barrancos de la depresión y el desdoblamiento de personalidad (que en realidad no se desdobla, sino que se divide cuantas veces sea necesario para camuflar tu verdadero Ser y protegerte de la supuesta “agresión” externa). Todo esto sin contar la infinidad de mecanismos de evasión, como los tragos demás que te tomas en la disco o en esa inofensiva  reu de amigo(a)s, tu ansiedad por chocolates y dulces, la comida demás, tus compras compulsivas, tu adicción al trabajo o a tus capacitaciones,  tu ansiosa visita a videntes y chamanes, o tu necesidad de tragarte/aspirarte todas las pepas/humos posibles…

Cada vez que sientas que eres incomprendido(a), que la vida es injusta, que tu pareja es una m…, que tu jefe o jefa es un maldito explotador, que a ti no te tocó la suerte de otros, en fin, cada vez que te sientas una insignificante y miserable partícula en tu mundo, es cuando habrá llegado el momento de cambiar la mirada de afuera hacia adentro, hacia ti mismo(a), hacia ese espacio interno donde se origina toda esa desazón y dolor. Será el momento de empezar a conocerte y descubrirte con honestidad, de encontrar los vacíos y carencias de tu alma, tan refundidos por tu deseo de mostrarte al mundo como hasta entonces creíste necesario, conveniente, más cómodo, en fin… como te las ingeniaste para sobrevivir.

Lo que te propongo no es fácil, es, digamos y por decirlo suave, incómodo. Nadie quiere mirarse y descubrir todo el montaje armado para la función que llamamos vida; ver de cerca los disfraces que diseñaste para tus roles de “buen” o “buena” madre, padre, hijo(a) , enamorado(a), pareja, empleado, ciudadano, etc. muchos de ellos, con tantas piezas y adornos que apenas si puedes reconocerte. Pocos querrán lanzarse a recuperar su verdadera esencia en medio de tanta presión familiar y social por ser lo que otros esperan de ellos.

Pero he de decirte que, de no hacerlo, no te pasará nada terrible, solo postergarás tu crecimiento y seguirás creando las condiciones para volver a encontrarte con familiares,  amigos, jefes, parejas que te recuerden, cual maestros severos e indolentes, la tarea pendiente. Es así de simple: La escuela y el sistema de promoción de grado no se va, solo se repite de asignatura tantas veces como sea necesario para alcanzar el siguiente nivel. La posibilidad de salir de la Escuela, en horas de clase, no está contemplada. Lo siento.

¿Y cómo lo haces?  ¿Cuál es el negocio?

La propuesta es simple y tal vez, por simple, poco académica o digamos científica, pero me tomaré la libertad de sugerirte algunas cosas porque, a estas alturas de mi vida, ya me pesa cargar con más disfraces:

1. Hazte preguntas: ¿Por qué me hiere tanto esto? ¿Qué siento cuando él(ella) o ellos me hablan de

esta forma? ¿Por qué espero siempre reconocimiento, afecto, comprensión?

¿Por qué siento culpa, vergüenza, cólera, incomodidad?

¿Por qué mi reacción es tan exagerada cuando…?  Y otras que irán surgiendo…

2. Acepta lo que sientes, obsérvalo sin juicio. Si otros te juzgan, tú no.

3. Elige qué es lo que deseas para ti, aunque de momento no sepas cómo lograrlo.

Las respuestas llegarán.

4. Comparte tus descubrimientos con otro ser humano, alguien que pueda escucharte sin juicio y

ofrecerte su acompañamiento.

Y aquí, acabo, pues no se trata de dar recetas, sino de compartir algunos hallazgos que enriquecieron mi camino. Si consideras que te sirve, habrá tenido sentido sentarme a escribir en esta noche de interrogantes, luego de haberme encontrado, hace unos días,  con un maestro severo que me recordó la tarea.

¡Hasta un próximo encuentro!

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